jueves, 19 de abril de 2012

EL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES (III)

EL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES (TERCERA PARTE)



Años más tarde, las aguas del río Miera fueron en la infancia del Hombre
Pez, su lugar de juegos predilecto. Incluso existe una leyenda, dentro de la
misma historia en sí, en la que se nos habla de que este niño estaba tanto en
las aguas del río, que no obedecía a su madre cuando por esta era requerido,
por lo que le maldijo, pidiendo a la Virgen que nunca saliera del agua y que se
convirtiera en una breca (un pez, Pajel, Pagellus erythrinus). Hay otra versión
sobre la supuesta maldición, y es que estando la madre convaleciente de un
aborto, se le antojaron unas brecas, pez similar al besugo, y una pescadora
de Santander, que venía a vender su mercancía hasta el pueblo, se las cedió.
La madre del Hombre Pez las cocinó y las guardó en un arca, hasta la hora
de la comida. Pero al llegar Francisco con hambre acumulado en sus juegos
acuáticos por el río, descubrió el arca, con las viandas de su interior, dándose
un festín y así paliar su ayuno. Siendo sorprendido en esta tarea por su madre,
exclamó esta que permitiera Dios que así como andan las brecas por el mar,
anduviese el sin salir fuera del agua nunca más.

Otra de sus peripecias infantiles, nos habla de que el primer trabajo que
tuvo fue el de llevar un caballo, concretamente de un vecino acaudalado del
pueblo, Antonio de Heras, a pacer a un prado que estaba al otro lado del río, en
el sitio que llaman de la Pradilla. Pues bien, en uno de estos traslados, el caballo
se enfureció, y le tiro de la cabalgadura, dándose tan gran golpe, que cogió
miedo al animal, diciendo a su padre la intención que tenía de dejar al amo, e
irse a aprender algún oficio. Según la versión del cura Venero, escogió la profesión
de cerrajero, aunque la más famosa de las versiones que ha llegado hasta
nuestros días es la de carpintería, por lo que con esta nos vamos a quedar.
Condescendió el padre, y le llevó a Bilbao, para entregarle a la doctrina de
un maestro, para aprender el arte de carpintero de ribera, es decir, carpintería
de barcos. Tenía el hombre pez 16 años y corría el año de 1675. Y allí permaneció
unos dos años. Pero el día de San Juan por la tarde, según la versión de
su maestro, habían dispuesto entre unos compañeros una merienda que iban a
tomar después de haberse bañado en el sitio que llamaban de Olabiaga, cerca
de Las Arenas. Después de bañarse, todos echaron en falta a Francisco, al que
intentaron localizar llamándole y revisando toda esta parte de la costa. Pero
transcurridas unas horas, y dándole ya por ahogado, los compañeros cogieron
su ropa, llevándosela al maestro y explicándole el percance, acordando avisar
a la familia.



La madre lloró amargamente la perdida de su hijo. Además, para mas desgracia,
durante los dos años que este había estado en Bilbao, el padre había fallecido.
En este punto, es curioso decir que en el manuscrito del cura Venero,
hace alusión, después de aproximadamente 4 años que se le tenía por ahogado,
de la narración de un navío holandés, que venia del mar glacial, el cual vio
en la costa de Dinamarca a un hombre pez, de medio cuerpo para arriba. Fue
disparado con artillería, metiéndose debajo del agua y no volviendo a salir
jamás. Llegó el barco a su país, contando tan extraña aventura. No la creyeron
quien la escucho, teniéndola por fabulosa, tanto en el puerto de La Haya…
como en el de Londres, ya que se volvió a ver en el canal de Inglaterra, dando
por buena la primera versión del capitán del barco holandés.
Tiempo más tarde, apareció en las costas andaluzas, dejándose ver en la
bahía de Cádiz, causando gran terror y espanto entre los pescadores. Incluso
el intendente de la plaza, dio orden a todos los barcos para que formaran un
cerco y apresar así a la criatura. Pero esta se zambulló en el agua dejándose
ver a gran distancia. También se le vio merodeando la bahía del Puerto de
Santa María.

Pero aproximadamente en febrero de 1678, vuelve a aparecer en la bahía
gaditana. Los pescadores comienzan a echarle trozos de pan, y este va acercándose,
poco a poco a los barcos, ganando en confianza. De nuevo, un día
en que parecía que el hombre pez había perdido todos los temores a los pescadores,
el intendente ordena realizar a los barcos, no uno, sino dos cercos, para
que la captura fuera exitosa. Y así fue. Pasados los instantes de extrañeza y
temor, llegan al puerto, esparciendo la noticia, lo que hizo que se construyera
un artificio a base de redes y cebos con pan y carne, para atraer a tan extraño
ser. Tras no pocas dificultades, consiguen atraparle y arrimarle a tierra firme.
El ser parecía una persona y de hecho lo era, con una altura de 1,80 m., muy
corpulento, de tez pálida casi transparente y el cabello muy rojo. Le meten a
una de las lanchas, desnudo, con una sonrisa insensata y de repente exclama
entre el asombro de sus captores las palabras “pan, tabaco y Lieganes” (se
observa una sutil anomalía al pronunciar la R, por lo que no pronunciaba bien
el vocablo Liérganes).

Además, una franja de escamas, le surgían de la garganta hasta el estómago,
y otra a lo largo de su columna vertebral. Los dedos de las manos estaban
unidos con una telilla parduzca, parecida a las patas de las aves acuáticas.
Bramaba y rugía igual que los animales, y tuvo que ser reducido por varios
trabajadores del puerto. Le llevan como un trofeo a la ciudad, le visten de
cualquier manera y le presentan ante el gobernador, que nada pudo averiguar
sobre el ser. A la vista del gentío que se había congregado en las inmediaciones
de la plaza, deciden alojarle en un convento de Franciscanos. Allí se
encontraba el padre Fray Rosendo, que después de haber examinado a tan extraña
persona, decidió darle papel y pluma. Entonces el Hombre Pez escribió
para sorpresa de los presentes: “Francisco de la Vega Liérganes”.
Aquí vuelven ha existir varias versiones. Una habla de que un monje peregrino
que por aquellos días se encontraba en este monasterio y que provenía de
La Montaña, reconoció al momento el pueblo escrito por el personaje, dando
noticia a la aludida localidad santanderina, por saber si había desaparecido alguien
con el nombre sabido. Al responderle desde Liérganes afirmativamente, el
mismo monje dirigió una comitiva para transportarle hasta el norte de España.

Existe una segunda versión en este punto en la que se logró, (después de
largas sesiones de exorcismo, llevadas a cabo por el secretario de La Santa
Inquisición, don Domingo de la Cantolla, junto con la colaboración de expertos
en lenguas extranjeras, como Fray Juan Rosendo), la pronunciación de
tres palabras por parte del sujeto, “pan”, “tabaco” y “Liérganes”, un vocablo
totalmente desconocido por los presentes. Pero dio la casualidad de que un
joven que se encontraba trabajando en los astilleros gaditanos, era oriundo
de Santander, y dijo que era el nombre de un pequeño pueblo perteneciente
al Arzobispado de Burgos, y que se alzaba sobre el río Miera. La sorpresa
de don Domingo fue mayúscula, lo que hizo que inmediatamente enviaran
numerosos mensajeros hasta la localidad de Solares, próxima a Liérganes en
pocos kilómetros, para ponerse en contacto con el noble Dionisio Rubalcaba,
Gaspar Melchor de la Riba, caballero de la orden de Santiago, y el Marques
de Valbuena, personas de toda confianza, que se encargaron de investigar el
caso por toda la comarca liérganesa, para buscar alguna unión entre el sujeto
encontrado por tierras andaluzas y dicho pueblo norteño. En los siguientes
días, Rubalcaba recibe la noticia de la desaparición de un tal Francisco de la
Vega Casar, la cual sucedió en las inmediaciones de la ría de Bilbao hacía cinco
años. Tal noticia provocó un gran revuelo en el convento de San Francisco,
a la vez que asombro enorme. Con lo cual se acordó el transporte del singular
ser a tierras santanderinas.

2 comentarios:

  1. felicidades por tu articulo no pude verlo antes por una operacion que me realizaron pero hoy lo he vito y me gusta sigue asi un beso.

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  2. gracias por tu correo, un besito.

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