jueves, 12 de enero de 2012

LUCES INQUIETANTES EN EL VALLE DE CAYÓN

LUCES INQUIETANTES EN CAYÓN


Nos volvemos a topar en este caso cántabro, con extrañas luces, esferas luminosas más bien, de relativo pequeño tamaño, que parecen desplazarse de manera inteligente o ser dirigidas por mentes racionales. Este tipo de fenómenos no identificados, fueron famosos durante la Segunda Guerra Mundial, siendo reportados dichos avistamientos tanto por pilotos alemanes como aliados, creando un resquemor entre los militares, porque sospechaban que se trataba de armas secretas utilizadas por el enemigo para misiones de espionaje. Estas famosas apariciones luminosas, de tamaños que pueden oscilar desde dimensiones similares a balones de fútbol hasta dos o tres metros de diámetro, fueron bautizadas y conocidas en el ámbito ufológico como “combatientes fantasma” o foo fighters. Aparentemente, según los relatos de los pilotos, tenían un cuerpo sólido o masa, pero en ocasiones traspasaban la cabina del aviador incluso el fuselaje, sin el más mínimo problema. La luminosidad que desprendían era incasdencente. Una vez finalizada la contiende, ninguno de los bandos pudo dar una explicación al respecto. A partir de ese momento, muchos son los avistamientos OVNI en los que destacan este tipo de incidentes.

Sirviendo esta explicación como introducción, centrémonos ahora en lo acaecido el 13 de octubre de 1978 en el tranquilo valle de Cayón, en el corazón de Cantabria. Pasarían pocos minutos de la medianoche cuando Juan Cobo Setién se encontraba en la puerta de su cuadra. La jornada había sido dura, como tantas otras, y estaba deseando entrar en su hogar para por fin descansar de la labor cotidiana. En el justo momento de trancar la puerta del establo, vio con el rabillo del ojo, como por su derecha, sobre un prado próximo, venía una luz incasdencente,  que él describiría así:

 “como echando chispas…a la vez que se formó como un extraño viento y un gran reflejor”

Bastante asustado por lo que estaba presenciando, pudo comprobar como unas palomas que poseía y que se encontraban en el tejado de la cuadra, se espantaron y huyeron volando. Paralizado por el miedo, no pudo reaccionar. No podía mover un solo dedo. Pasado el tiempo, este estado que le sobrevino, no comprendía si era por el pánico que ya a esas alturas del suceso se adueñaba de su mente, o por otras razones, más tétricas, como si aquella bola del diablo le hubiera, de alguna manera, inmovilizado.

La luz se detuvo como a unos quince metros del alucinado Juan, y comenzó a realizar movimientos, flotando en el aire. Ya mas cercana, pudo comprobar que la luz tenía forma de bombilla, de unos 30 cm. de ancho por 40 de largo. Su parte inferior, la más gruesa, se ensanchaba y empequeñecía de manera pulsante, aumentando en ocasiones varias veces su tamaño. Y aquí es donde nuestro testigo observa otra característica increíble: a medida que realizaba estos movimientos palpitantes, surgían en su superficie figurillas como…


“…de esqueletos ó Vírgenes…con las caras muy pequeñas y con unos trajes con muchos reflejores…”

Al mismo tiempo, por la parte inferior de la luminaria, continuaban saliendo chispas que se apagaban a media altura, convirtiéndose al llegar al suelo en una especie de ceniza blanca, que se deshacía instantáneamente, como más tarde pudo comprobar nuestro atemorizado testigo. Este seguía describiendo el caso:

“…no emitía ningún ruido, al menos yo no lo pude escuchar, su color era amarillo o blanquecino, y estaba no mas de metro y medio del suelo…después de todo esto ya pude reaccionar, me acurruqué debajo de una escalera de piedra que en el  exterior tiene la cuadra, tratando de taparme la cara con las manos…como defendiéndome…estaba sudando mucho y medio aturdido…con una tontera en la cabeza que me duró varios días”




Parece que estos gestos de temor de Juan, hicieron que la luz reaccionase. La esfera comenzó a desplazarse, atravesando unos árboles y dirigiéndose a unos prados cercanos en los que se detuvo. Todo este trayecto, sin dejar de echar abundantes chispas. Nuevamente reemprendió la marcha y nuevamente se detuvo, como a un kilómetro de distancia de la cuadra, para por fin volver a marchar y perderse monte arriba, por encima del eucaliptal del monte Sarracín.

Si este relato solo hubiera sido expuesto por nuestro amigo Juan Cobo, sin duda más de una persona hubiera razonado, no sin fundamento, que su mente le había jugado una mala pasada. Pero he aquí que dicho avistamiento iba a ser contemplado por un nuevo testigo, desde otro lugar de la zona, y desconociendo ambos la existencia de cada uno de los testimonios en el protagonismo de esta historia. Se trataba de José Manuel Herrero, de 21 años de edad, agricultor, que venía acompañando con su automóvil a una chica que acercaba a su casa. Eran poco mas de las doce de la noche (los horarios coinciden plenamente), cuando decidieron parar a charlar cerca del domicilio de la joven, antes de despedirse. La noche estaba muy oscura, y detuvo el automóvil cerca de una cabaña, al lado del sendero. De pronto vio la luz al lado derecho del camino, muy cerca de él. Según su descripción:

“era alargado, como de un metro de largo, parecía un globo luminoso…le dije a mi amiga que si estaba viendo lo mismo que yo, que no estaba alucinado, y ella me afirmó que si, pero que no me decía nada para no asustarnos más…después de estos momentos, la luz se apagó y no se la volvió a ver más”

José Manuel unos meses mas tarde, concretamente en el mes de julio, junto a su novia y dos amigos, fue de nuevo testigo de excepción de estas extrañas luminarias, que ya parecían estar ubicadas por la zona. Era  casi de noche, cuando encontrándose junto a las personas mencionadas en un prado cercano a la cima del monte, hubieran jurado ver ascender por la pista forestal a un coche, ya que la fachada de una cabaña y los árboles  aledaños, quedaron iluminados por una extraña luz, una iluminación blanquecina, que parecía aumentar y disminuir de intensidad regularmente. Pero aquel sendero era prácticamente intransitable para cualquier vehículo, y, además, tampoco habían escuchado ruidos de motores. De hecho, él había tenido que dejar su coche un poco mas abajo, ya que el camino era infranqueable hasta aquellas alturas. Por esa razón, en un primer momento, temió que dicha iluminación pudiera estar originada por un incendio de su propio automóvil, por lo que altamente extrañado, bajó corriendo, aunque no encontró ninguna anomalía en el paisaje ni en su coche, quedándose ahí,  en ese punto,  tan extraño suceso.

Y como no hay dos sin tres, otra testigo de nuestra curiosa esfera(s)  luminosa sería la joven Valvanuz Agudo, la cual pudo observar este extraño fenómeno a mediados de octubre de ese mismo año, sobre las 19:30 horas. Se encontraba sola en casa, ya que sus padres habían salido hacía rato al campo, para realizar sus labores agropecuarias, cuando de repente escuchó ladrar y agitarse fuertemente a los perros de la casa. Dicho domicilio se halla sito en mitad del monte Sarracín, desde donde se domina una extraordinaria perspectiva de todo el valle y el pueblo de Abadilla de Cayón, y así, desde su ventana, al asomarse extrañada por la inquietud de los canes, pudo observar a no más de 80 metros de distancia,  una esfera luminosa que se distinguía perfectamente con las primeras oscuridades de la noche. En un primer momento, pensó que se trataba de sus padres, que regresaban de la faena, por lo que les llamó desde la ventana. Pero al no recibir contestación y al comprobar que los perros continuaban inquietos y ladrando, le entró miedo.

Este temor llegó casi al mismo tiempo que el incremento de intensidad de la luminosa figura, comenzando a moverse para todos lados a gran velocidad, llegando incluso a hacerle daño en sus ojos. Tal fue el espectáculo que pudo divisar desde su ventana, que el pánico se adueñó de ella, saliendo de la vivienda y huyendo a toda prisa a través de un atajo, hasta la casa mas cercana de un vecino…y ese vecino era curiosamente nuestro primer testigo, Juan Cobo Setién, lo que nos da una idea del lugar tan concreto en donde se localizaba el fenómeno de la aparición de la extraña luminiscencia, como hacía pocos meses había podido ser informador él mismo.

Pero los espectadores de tan insólito acontecimiento, vecinos todos de una zona muy limitada como decimos, continuaban apareciendo. Esta vez fue el hermano de Valvanuz, Juan José Agudo, quien junto a tres amigos, pudo comprobar como a finales de octubre del año que nos ocupa, un raro foco, de escaso tamaño, emitía una luz desproporcionada para sus dimensiones. Era el 29 de octubre a las diez menos cuarto de la noche. De repente el foco comenzó a moverse hacia arriba de la ladera del monte Sarracín y hacia abajo, muy rápidamente, situándose a unos cien metros escasos de los cuatro amigos. Esta observación duró aproximadamente unos veinte minutos. Otros vecinos, como Javier Cuesta Pino o José Manuel Rodríguez, pudieron ver a la misma hora y en la misma fecha tan extraño fenómeno, desde distintos puntos del nombrado monte, desconociendo en ese momento la existencia como testigos de los cuatro compañeros antes citados.



Tantos eran los avistamientos en la zona y por tan diversos testigos, que la noticia llegó a ser protagonista de no pocas calurosas tertulias por todo el valle. Así, entre la curiosidad y el escepticismo, Santiago Cobo Alonso y tres amigos más, deciden ir a echar una ojeada a la zona del monte, para contrastar lo que se comentaba por los pueblos de la comarca. De esta forma, en un atardecer tranquilo, cogieron algunas provisiones y marcharon hasta el lugar. Permanecieron varias horas expectantes, pero nada ocurría. Ya, un tanto cansados y decepcionados, deciden regresar a sus hogares. Eran las doce y media de una fría y oscura noche, y habían estado en el monte desde las siete de la tarde. Pero en el regreso, uno de los compañeros advierte que había perdido la cartera en le prado en donde habían permaneció como observadores, por lo que se decide regresar en su busca.

Este periplo les había acercado ya a la una de la madrugada y se encontraban sobre la mitad del monte Lloreda, próximo al Sarracín. Y es justo en éste lugar, cuando divisan por el cielo una estrella tremendamente brillante, a unos dos mil metros y sobre unos treinta metros sobre el horizonte. A pesar de ser más pequeña ligeramente que la luna llena, poseía una luminosidad  tremenda, que llegaba a molestar a los ojos. Otro aspecto común a los demás avistamientos y al mismo tiempo inquietante, es que dicha luminosa se encontraba moviéndose a través del monte, de arriba  abajo, con un movimiento velocísimo, de locura.

Pero en un momento determinado, nuestro atemorizados y alucinados testigos, pudieron comprobar como por detrás del monte Lloreda apareció una nueva esfera luminosa, esta  del tamaño de la luna llena, con más intensidad incluso que la primera. El espectáculo era increíble. La gran y nueva aparición luminosa, comenzó también a recorrer la ladera del monte, arriba y abajo, pareciendo acompañar a la primera esfera de luz, que se había quedado ahora inmóvil. De repente, la luz mayor se apagó, retomando el movimiento la primitiva y más pequeña. Hasta que de nuevo apareció la mayor, fugazmente, ya que se ocultó tras una vaguada del terreno. Pero a pesar de este impedimento, se podía seguir observando la luminiscencia que desprendía desde aquella hondonada donde parecía que se había posado.

Pero cuando nuestros cuatro excursionistas aún no habían reaccionado de tan tremendo espectáculo, aparece una tercera luz, a su vez más grande que sus dos anteriores, y de un color rojizo. Esta imitó a las anteriores en su vuelo oscilante por la ladera, hacia arriba y hacia abajo, hasta que parece ser que se unió con la que permanecía semioculta, parada en la descrita hondonada. Al poco tiempo, esta luminiscencia se apagó, quedándose sola en la zona la primera, la de menor tamaño, que continuaba con sus desplazamientos vertiginosos por el monte, hasta que en un momento dado, se perdió de vista tras el monte Lloreda. Era la una y media de la mañana, y nuestros amigos permanecieron en el lugar una hora más, expectantes por si volvían a divisar tan extrañas luminarias, y, a la vez, intentando calmarse y explicarse aquel espectáculo absurdo al cual habían asistido como espectadores de excepción. Desde aquel día, no se ha vuelto a reportar avistamientos de esta índole en la zona de Cayón y sus montes…o tal vez sí. Esto es lo que nos explicaba la señora María Luisa Saro, vecina de Lloreda, localidad próxima al lugar de los acontecimientos, entrevistada en junio del 2006:

“Yo conozco bien la zona, porque he nacido aquí…he visto esa luz dichosa por dos veces…yo y mas vecinos…al escuchar lo que se decía, tengo que confesar que mirábamos con mas frecuencia hacia el monte, por lo que nos dábamos más cuenta de este hecho…era una luz tremenda, de muchísima potencia, iba como flotando...en un momento estaba aquí, y al segundo al otro lado…se movía de manera rapidísima…casi instantánea…es imposible que ninguna persona hiciera eso…era tremendo y todos los vecinos lo comentábamos incluso  con temor…”

La amable María Luisa también nos hizo alusión a una reacción que la extraña luz, al parecer, producía a los testigos que se aproximaban más. Como venimos relatando, la curiosidad se adueñó en aquellos meses de todos los habitantes de la comarca, por lo que varias personas decidieron pasear por el monte, en busca del origen de aquel enigma. De esta forma, varios fueron las personas que en diversas ocasiones, vieron pasar a la luz muy cerca de ellos, incluso detenerse en sus proximidades. Esto es lo que cuenta María Luisa que les ocurría:

“es curioso lo que les ocurrió a algunos vecinos cuando aquello, cuando iban en busca de aquella luz y se topaban con ellas. Si llevaban cadenas en el cuello o pulseras, se les ponían negras y les dejaban marcas en la piel, como si les quemaran. Algunos cuentan incluso como llegaron a extraviarlas, porque se les habían caído…era como una radiación que provenía de aquella bola de luz…”


Además de este valiosísimo testimonio, tuvimos la suerte de contactar con un familiar directo de nuestro, en origen,  principal testigo, Juan Cobo, ya fallecido en la actualidad. Se trata de doña Angelines Fernández Cobo, sobrina de don Juan. He aquí el relato de aquellos hechos, de los cuales también fue testigo de excepción:

“…recuerdo cuando yo era joven, en aquellos años, como mi tío Juan estaba muy asustado…dijo que había visto una luz muy rara, aquí mismo, que bajaba del monte y daba mucha claridad…estuvo unos días muy temeroso, incluso preguntando a los vecinos, muchos de los cuales también lo había visto, pero no querían decirlo de puertas afuera…mi tío decía que había estado muy cerca de ella, y que en su interior se veían una especie de figuras o imágenes, que no sabia muy bien que eran…después, él buscaba en el prado para ver si encontraba algo quemado, porque decía que veía como chispas, como fuegos, que caían de aquella bola de luz.”


Una vez comentado el relato que de su propio tío pudo escuchar, Angelines nos explica su propia experiencia con aquella inquieta luz del monte Sarracín:


“…no recuerdo bien la fecha que era, pero si que era o finales de otoño o principios de invierno…era una tarde tranquila, serena, sobre las ocho, y yo venía de Argomilla para casa en mi coche…entonces vi de repente una luz muy potente por el espejo retrovisor, que me pasó por encima y fue a caer por la zona del cementerio, por la parte de Lloreda. Era una luz enorme, que no podía ser confundida con nada, ni con coches, ni con nada…entonces yo llegué a casa nerviosa. Estaba esperándome mi marido y me dijo que si había estado parada enfrente de la casa con el coche, al responderle que no, me dijo que había vuelto a ver la esfera luminosa, por lo que pienso que vimos la misma luz aquella tarde que pasó velocísima hacia el monte.”


La señora Angelines también nos hace un lamento al referirse a como en aquellos días no se investigó más el asunto, cuando las apariciones estaban en auge. Nos comenta que muchos vecinos se enfadaban, al comprobar como muchos curiosos y foráneos, se acercaban al lugar, en busca de aquella enigmática luz, pisando sembrados, prados y rompiendo cercados, con el consiguiente malestar de los campesinos, que decidieron acallar cuanto antes estos fenómenos, para acabar con estos estropicios.

“¿y esto que puede ser?...esto en aquellos años se estuvo investigando, pero la gente se quejaba de que si pisaban los prados, que si rompían cercados…se tendría que haber llegado hasta el final, para intentar, por lo menos algún día, averiguar de que se trata todo este asunto”


Inteligente reflexión de doña Angelines como epílogo. Pero lo más impactante de este tipo de acontecimientos tan enigmáticos como absurdos, es que, en su mayoría, han sido reportados en diversas partes del país y del extranjero, de forma idéntica y con detalles calcados. Repasando mis archivos, en España existe un caso muy similar al de la comarca de Cayón, que se desarrolló (o aún existe) por tierras manchegas: es la misteriosa y escurridiza “luz del Pardal”. La terrorífica esfera o esferas luminosas vienen siendo reportadas desde tiempos inmemoriales en tierras albaceteñas, cuando antiguamente los vecinos la denominaban “el candil” que perseguía a las personas y era capaz de paralizar rebaños de ovejas enteros.

Más recientemente, estos encuentros en aquel lugar con tan extraña luminaria fueron investigados por diversos periodistas e investigadores. Incluso por miembros de la Guardia Civil. Uno de aquellos reporteros que más horas pasó recopilando testimonios y vagando por aquellos parajes fue el reportero y amigo Francisco Contreras Gil, autor de varios libros, como Casas Encantadas, de este tipo de fenomenologías no explicadas. Una de las personas que Francisco entrevistó in situ, fue Cristino Cuerda Felipe, pastor que recorría a diario la comarca entre las localidades manchegas de San Pedro y Casas de Lázaro, dentro de la extensa finca de La Quéjola,  para cuyo dueño prestaba sus servicios.

Cristino recuerda como una tarde ya casi anochecido y mientras se disponía a recoger el ganado en el establo, la quietud fue rota de repente.
Las reses, atemorizadas brutalmente por algo desconocido, huían despavoridas. El pastor muy sorprendido, pudo observar no muy lejos de él, como una bola de fuego se estaba elevando a no mucha altura e inmediatamente se desplazó por encima de un bosquecillo cercano al lugar denominado Casas de Navarretes, donde despareció tan súbitamente como se había presentado. Ocurría en el año 1982. Y esto es lo que explicaba el aún atemorizado testigo al mencionado reportero:

“…yo temor…he tenido temor. Al principio solo aparecía una, pero días más tarde aparecieron otras dos. Eran de un color muy vivo y desaparecían por la arboleda. Siempre ocurría sobre los meses de octubre o noviembre. Cuando trabajaba allí como pastor, me fijé en que al día siguiente de que salieran, había una huella en la tierra. Por donde pasaba aquello, dejaba un rastro en el suelo de alrededor de un centímetro. Hasta el señorito para el que yo trabajaba lo vio. ¡Le paró el coche a la entrada de la finca un día! Cogió por esto tanto miedo, que ordenó derribar las casas en donde vivíamos y nos mandó a vivir mas arriba, cerca de la casa grande.”

Curiosamente, ya un tanto acostumbrado a tan misteriosas presencias, Cristino decide en uno de estos avistamientos acercarse para tratar de averiguar algo más, y las consecuencias parecen ser semejantes a las que reportó nuestro testigo santanderino, el señor Juan Cobo. Esto es lo que declaró el pastor manchego al respecto:

“Decidí una noche acercarme…pero no se que pasó que no pude…algo me dejó paralizado. No pude moverme hasta que aquellas luces se fueron. Tuve que estar quieto a la fuerza junto a aquellas cosas. Lo mismo iba una encima de la otra,  como hacían ángulos…”



Otros testigos del lugar, como Joaquín Sánchez o Isabel Flores, compañeros de labores de Cristino dentro de la finca La Quéjola, afirman estas declaraciones al ser ellos mismo protagonistas de diversos encuentros con aquellas luces.
 Incluso en cierto momento, los vecinos de la comarca ciertamente atemorizados, decidieron salir por las noches, organizando batidas, con escopetas de caza en mano, para intentar apresar aquello, fuera lo que fuera. Así contaba Isabel su propia experiencia:

“Era por navidad, y veníamos de viaje sobre las dos o dos y media de la madrugada. En la carretera, vimos lo que al principio pensamos que era la luz de una moto. Al mirar para atrás, no se por que pero me empezó a entrar miedo. Subiendo la cuesta, a unos diez metros de la carretera que va de San Pedro a las Casa de Lázaro, nada más pasar la curva que da entrada a La Quéjola, por el barbecho se veía una luz como de una linterna. Persiguiéndonos. Yo la vi de color blanco e iba como a un metro de altura del suelo. Te digo que me dio miedo. No tardó en desaparecer por encima de los pinares que allí se encuentran. Pero lo que más me atemorizó, es que aquello parecía pensar. Cuando yo me detenía, la luz también se detenía, y cuando yo retomaba la marcha, la luz me seguía.”

Como vemos, los testimonios son numerosos y ricos en detalles. La luz no solo aparecía de noche, sino que incluso se atrevía a surgir a plena luz del día, en forma de pequeño sol que deambulaba por aquellas carreteras y caminos. Comentando el caso con el reportero Francisco Contreras antes citado, nos decía que pocos acontecimientos de esta índole había encontrado con tantas personas convencidas de que aquello que habían sido testigos no era normal. Es más, en el año 1994, en una localidad próxima a la finca en la cual, parece ser, se localizaba mayormente los avistamientos, concretamente en el pueblo de Cañada Juncosa, pudo ser observado por todos los allí presentes, (que no eran pocos porque se encontraban en fiestas), un extraño objeto volador del tamaño de un automóvil en forma de cenicero, que permaneció inmóvil en el cielo durante más de un cuarto de hora, balanceándose ligeramente y emitiendo ligeros fogonazos, hasta que desapareció rápidamente tras un cerro cercano.

Serian largos de enumerar los muchos testimonios, increíbles y terroríficos como los que hemos rescatado, de esta comarca manchega. Encuentros con miembros de la Benemérita, luces cegadoras que persiguen automóviles, perdidas de la noción espacio-tiempo en los testigos, extraños objetos voladores no identificados que parecen “averiar” a los vehículos de los sorprendidos observadores… hasta encuentros con humanoides que parecían viajar en estas luminiscencias…todo esto nos da una idea de las similitudes entre casos que, como hemos comprobado, a pesar de su apariencia absurda, pueden ocurrir en cualquier lugar del mundo.








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