jueves, 12 de enero de 2012

LAS CREENCIAS MONTAÑESAS SOBRE EL SOL Y LA LUNA

  LAS CREENCÍAS MONTAÑESAS SOBRE EL SOL Y LA LUNA


El sol y la luna son dos astros que se reparten la jornada y el cielo. Uno en la noche y otro en el día, presiden su reino. Desde tiempos antiquísimos han sido venerados o divinizados por los mayas, babilónicos y otras culturas arcaicas, los cuales tenían gran respeto por estos elementos. En estas culturas citadas, los dos astros nacían al mismo tiempo. Entre los esquimales, se pensaba que el sol y la luna eran unos hermanos, niño y niña que se perseguían constantemente sin nunca alcanzarse. A pesar de que en esta última cita no se relaciona explícitamente a la luna con la maldad y las tinieblas y al sol con la verdad y el Dios benevolente, no es corriente, ya que la mayoría de los pueblos, hasta prácticamente nuestros días, ésta relación bien–mal subsiste.




* Entre la cultura babilónica, la luna y el sol representaban a sus divinidades, entre las estrellas del firmamento.


La luna, mengua y desaparece para aparecer tres días después con aspecto más frágil que al principio. Desde tiempo ancestral  se pensaba que en la cara que constantemente mostraba a los hombres, se podían apreciar claramente unas enigmáticas manchas, por todas las culturas relacionadas con animales o elementos de la naturaleza. Más tarde,  se pensaba que era un condenado por las divinidades a permanecer en tan alejado astro, para pagar sus culpas, a la vista del público, como castigo ejemplar.

 No dudaban en afirmar que si se miraba fijamente, se  podía atisbar como transportaba a sus espaldas la prueba del delito, con la cual era condenado a marchar para el resto de los tiempos. En la tradición cristiana, este pecado condenado solía estar relacionado con el no cumplimiento del descanso en días dominicales, un robo o la falta de caridad del escarmentado. Curiosamente este cuerpo del delito suele ser un haz de leña, el cual fue robado, no donado a uno más pobre que el poseedor o conseguido en día de domingo, por lo que las tres cosas eran causantes de pecado.



* Un hombre pecador, transportando un gran haz de leña a sus espaldas como castigo, era lo que representaba para los antiguos cristianos en gran parte de Europa, las curiosas imágenes que se veían en la superficie de la luna.


Sin duda relacionado con esta leyenda del suroeste de Europa, algunos campesinos contaban a sus hijos que el hombre que se encontraba en la luna, llevando a cuestas el famoso coloño de leña era aquel que había rehusado a Jesús el calor de su hogar. Otra semejante, más famosa en la zona de la Bretaña francesa, cuenta como Jesús, sorprendiendo a un hombre mientras robaba leña, le recriminó su acción, diciéndole que debería morir, pero le dio a escoger conmutando la pena capital por su destierro en la luna o en el sol. El ladrón escogió la luna, ya que solamente aparecía cuando era de noche, entre la oscuridad, por lo que su vergüenza sería vista por menos gentes.

Concretamente en Cantabria es conocido que en la pálida superficie del satélite unos creen ver a Longines, personaje mítico que clavó la lanza en el costado de Jesús de Nazaret, cargado con un haz de espinos, mientras otros parecen distinguir a una vieja a la que absorbió la luna por robar la ya referida leña.

¿Por qué lo robado era madera o leña? Es curioso pensar que este material, aparentemente hoy poco valorado, fuera el protagonista de tan horrendas penas. Pero en la época en la cual se desarrollaron o nacieron estas leyendas, la madera era prácticamente uno de las principales materias primas para la construcción de utensilios, buques y los propios hogares, además de que proporcionaba calor a los hombres, por lo que era un material muy apreciado. Otra razón al respecto, era que  la mayoría de estos hurtos se producían durante la noche, amparados por las penumbras, por lo que la relación con la luna estaba bien justificada. Incluso en algunos países se aludió a la madera robada con el sobrenombre de “madera de la luna”.

Y sin duda, en todas las sociedades antiguas y modernas, la relación de la luna con historias de duendes, aparecidos, espíritus malignos y otras clases de supersticiones parecidas, son común en todas ellas.

A pesar de que la luna se la considera en muchas culturas una especie de sol no desarrollado y por tanto más débil que el astro rey, no deja de llamar la atención su poder sobre el desarrollo de la vida de las personas y demás naturalezas. Hasta tal punto que en centro y oeste de Europa, se pensaba que las mujeres que orinaban al atardecer vueltas hacia ella, quedaban en estado de buena esperanza.

También había una creencia en el medioevo, la cual indicaba que el agua de lluvia cesa o arrecia con la luna nueva. Ni que decir tiene que ya desde la más remota antigüedad el hombre advirtió que el movimiento de  la luna condicionaba las mareas, haciéndolas subir o bajar en diverso grado, según la posición del satélite, ayudado en parte por el sol. Es por esto que existen innumerables leyendas relacionando las aguas del mar y los ríos con la luna, sobre todo en culturas orientales y en la mitología india.

Otro aspecto no despreciable de este astro cercano es la contribución que realiza al mundo vegetal. En muchos países tal es así que la consideraban la madre de muchas hierbas, dado su cualidad de crecer durante concretas fases lunares. En la China antigua se pensaba que las hierbas crecían en dirección a la luna. Por eso también en muchos lares tan distantes como China o España, los campesinos prefieren echar la semilla al campo durante luna creciente, para asegurarse una buena cosecha, mientras que prefieren recoger los frutos o cortar la madera durante la menguante.

Concretamente y circunscribiéndonos a la cornisa cantábrica, Estrabón hablaba de los cantabros con respecto a la luna lo siguiente:



“…algunos dicen que los callaicos no tienen dioses y que los celtiberos y sus vecinos del norte dan culto a un dios sin nombre en las noches de plenilunio, fuera de sus poblados, haciendo bailes en rueda y fiestas nocturnas con sus familiares…”


Por este tipo de crónicas, muchos historiadores han creído que los celtas asentados en la cornisa cantábrica adoraban a la luna, pero el nombre, como el de la misma diosa Cantabria, no lo podían pronunciar, ya que les era tabú. Solían salir a las inmediaciones de los poblados, bailaban en círculo y realizaban sacrificios de animales a la luna llena. Tocaban rudimentarias melodías con instrumentos de viento y percusión, mientras bebían cerveza en grandes cantidades, ya que los viñedos era un cultivo minoritario en esta húmeda y abrupta tierra. Además, existían tres dioses “mayores” dentro de la mitología celta, que eran Esus, Taranis y Tautates, los cuales eran conocidos como los dioses de la noche, ya que en ese momento se creía que su poder era inmenso, y la forma de contactar con ellos a través de distintos ritos, más fácil

Como ocurrió con todos los territorios conquistados por los romanos y que posteriormente cayeron bajo influencia cristiana, estos rituales se transformaron en fiestas religiosas, dedicadas a algún santo, como San Juan, en su noche señalada, y otras de este estilo, en las cuales aún se puede adivinar una historia más arcaica.

Además de estas razones, los cantabros tenían algunas costumbres peculiares relacionadas con la luna, protagonista sin duda del desarrollo de sus labores agropecuarias. De esta forma, algunas de estas costumbres fueron similares a las del resto de Europa, pero otras fueron originadas dentro de este pueblo, como por ejemplo proceder a la siembra, que siglos más tarde continuarían sus sucesores a la hora de cultivar el trigo, el maíz y la patata en menguante, al contrario que en otros lugares del continente. Con respecto a la recolección de madera, los antiguos cántabros y los habitantes de La Montaña hasta no hace demasiados años, tenían una visión peculiar sobre estas labores, distinta a la de pueblos cercanos. Si la madera iba a ser destinada a combustible, leña para el fuego, cortaban el árbol elegido en creciente, ya que era de creer que esta madera guardaba mayor poder calorífico,  considerando que ese vegetal se encontraba en pleno crecimiento, acompañando a la fase lunar,  por lo que guardaba gran energía. Pero si dicha madera era talada en luna menguante, se utilizaba para la elaboración de herramientas, utensilios y materiales para la construcción, como vigas, pilares y tablas.

Como muchos investigadores e historiadores señalan  repetidamente, los legados literarios que  han llegado hasta nosotros sobre la religión y la mitología celtas en territorio cántabro son escasos. Aunque se pude decir que esta escasez de huellas es mínima en toda la Europa dominada por esta cultura. Por esto, es necesario acudir a los yacimientos arqueológicos e interpretar en mayor o menor medida estos vestigios, trasladándolo a lo que pudiera ser la vida en aquellos tiempos. Con estas consideraciones, se ha llegado a la conclusión de que entre todos los fenómenos naturales, el sol era fuertemente invocado, como germen de vida, fertilidad y curación, a la vez que como consuelo para los muertos (los espíritus que percibían los celtas, llamados NUMEN).

Así, en Irlanda, la diosa Eriu poseía una naturaleza solar y el carácter de una soberanía sagrada, con el consiguiente rito dedicado al astro rey, en el cual una copa dorada llena de un licor rojo (posiblemente vino) representaba al sol  y  era sostenida por Eriu en las manos, entregándola sucesivamente a los futuros reyes mortales de Irlanda, reflejando en ello los deseos de fertilidad y prosperidad para sus futuros reinados.

Para muchos investigadores e historiadores, el culto por parte de los celtas al sol, viene atado a la veneración por el calor y la luz. El dios irlandés Lugh (El Resplandeciente), esta claramente asociado a la luminosidad, incluso puede que haya sido el dios del sol.

Y es que desde épocas tan remotas como la Edad de Bronce, muchas de las comunidades prehistóricas veneraban al sol y lo representaban como el icono de una rueda radiada. Siglos más tarde, los guerrero llevaban amuletos como protección de los peligros en forma de estelas, los muertos eran enterrados en las tumbas con figuras que asemejaban al sol, solicitándole que iluminara su viaje hacia el mas allá.

La representación celta ya en época romana o, mejor dicho, bajo influencia de Roma, representa a un dios solar identificado en algunos casos con Júpiter, el dios del cielo romano. De aquí también se puede derivar que esa misteriosa divinidad solar era utilizada para luchar contra el mal, o lo que sería lo mismo, las fuerzas de la oscuridad y las tinieblas. Una tradición religiosa celta, representa al dios de la luz y la vida montado a caballo, con una rueda o estela solar como escudo y un rayo como arma, aplastando a las fuerzas del mal representadas por un gigante con los miembros de serpientes.


Si miramos al sol desde el punto de vista de la astronomía diremos que es una estrella vulgar de tamaño, temperatura y por tanto de edad mediana. Pero lo que nos atañe de ella es sin duda que es la más próxima a nosotros: es nuestra estrella, el sol, que calienta a la tierra desde hace más de cinco mil millones de años y que no ha dejado de ser admirada y venerada desde la más remota antigüedad. El sol, llamado en muchas veces el astro rey, el astro dios, etc.…ha sido divinizado, deificado y venerado por todo el mundo, en todas las culturas. A pesar de esto, los cultos solares o las celebraciones alrededor de esta estrella son más raros de lo que en un primer término nos podemos imaginar y en tiempos muy concretos. Solamente en el antiguo Egipto, en las antiguas civilizaciones de Europa y América y en algún lugar de Asia, podemos encontrar atisbos de estos rituales. En aquellos casos, se solía relacionar a los gobernantes con el astro rey. Lo mismo que el sol reinaba en todo, las personas de liderazgo presidían a los demás mortales.

Los cántabros, adoptando una costumbre celta mucho más ancestral, adoraban al sol y además era uno de sus elementos preferidos en cuanto a creencias supersticiosas se refiere. Esto se sabe por los relatos que dejaron historiadores griegos y latinos, sobre las creencias naturalistas de su religión. No podemos de olvidar citar en el culto al astro rey por parte de los cántabros y otros pueblos de influencia celta a las estelas, piedras de gran tamaño en forma circular, con inscripciones en sus dos caras en forma de cruces y aspas, con las cuales querían rendir homenaje al astro que les daba calor. Concretamente, las típicas y más comunes estelas gigantes cántabras suelen tener un símbolo solar por una de sus caras y un aspa curvada de cinco brazos por la otra, similares a otras halladas por zonas asturianas bajo la influencia celta y cántabra.

 Porque además de las creencias un tanto supersticiosas, el sol era el elemento que ayudaba con su energía al crecimiento de las cosechas, y hacía que pasaran los invernales días con su plena presencia. Por ello, era asimilado también al culto por el fuego y al comienzo del solsticio de verano, se celebraba la llegada de lo que se presumía iba a ser mejor tiempo, con grandes fogatas y danzas de salutación, que con la llegada del cristianismo y la paulatina perdida de la identidad pagana, se convertirían en fiestas de santos, como las de San Juan y las de San Pedro.

Esta formación de hogueras se solían realizar en las laderas de las montañas, para representar más fidedignamente la posición del sol, en las alturas, como cosa purificadora, para alejar a personas, animales, cosechas y bienes de los malos espíritus, y más recientemente, de males de ojos y brujerías, a la vez que se hacía un llamamiento a la deseada fortuna.

Según muchos investigadores del costumbrismo regional, como Gonzalo Sainz ó Alcalde Crespo, en algunos pueblos del sur de Cantabria y sus límites con las provincias de Burgos y Palencia, se hacían hogueras (decíase levantar la hoguera o guarela a este proceder) en la “zona matorriza ó parte alta del valle”, de manera similar a la que en otros lugares se hace en la noche de San Juan, pero aquí en la noche del 21 de febrero, en las zonas aisladas cercanas a los pueblos de la comarca, que iban cambiando de año en año, rotando en su ubicación. El jolgorio, el vino, las jaculatorias y las canciones reinaban en esta especie de celebraciones que se hacían vistosas en la noche a muchas leguas a la redonda. Existía gran rivalidad entre las localidades y los barrios, que intentaban conseguir la fogata más intensa y crepitante de todas.

Todo esto, como venimos refiriendo a cada instante, sin duda que no son más que reminiscencias del pasado celta de esta tierras, en las que la figura del druida, personaje influyente como pocos en su tribu, era el depositario de tanto saber tanto sacro como mundanal. De esta manera, tanto el fuego como el agua eran considerados los elementos más importantes dentro de estos ritos.

Algunos investigadores e historiadores tratan de relacionar al astro rey con la antiquísima celebración que seguramente existió en el solsticio de invierno, que posteriormente, como en otras ocasiones, la venida del cristianismo trastocó convirtiéndola en la Navidad, a finales del mes de diciembre. Por estas fechas, en la antigüedad, se realizaban ritos de iniciación. Y es que hay que puntualizar que en fechas tan remotas, el clima era más crudo que el de la actualidad, con las estaciones consideradas calidas, mas cortas y con menor temperatura y las frías, más acusadas, en donde la cota de nieve era significativamente más baja, por lo que para los habitantes de aquellos tiempos, el sol era sin duda un alivio en todos sus aspectos, siendo un bien escaso y por lo tanto muy preciado.

García Lomas nos habla en sus escritos de investigación que otra muestra de adoración al fuego en zonas rurales se observa en relación al madero o “travesero”, leño grueso que se atraviesa en la lumbre, fogón o en el llar de la cocina y que sobre él se sustenta el fuego. Según el rito popular, en las fiestas navideñas era conocido este proceder como “quemar el culo al año viejo”. Así, se quemaban troncos más pequeños cuyos tizones, sin acabarse de consumir, eran retirados para guardarlos, ya que se utilizarían como remedio eficaz contra las tormentas. Con respecto al tronco de mayor tamaño que quedaba, el denominado “travesero”, se procuraba siempre mantener encendido, ya que si no fuera así y éste se apagara, sobre los habitantes de la casa sobrevendrían enfermedades y desgracias de manera segura. En caso que su fuego se extinguiese, nunca había que encenderlo de nuevo, sino que sería sustituido por otro similar, de igual tamaño. El dicho rezaba así:

“Si se apaga el travesero, habrá enfermos en enero”

La acción de mantener el fuego perpetuo representaba la cordialidad eterna, una verdadera bendición para todos los moradores del hogar, la familia siempre unida. Al mismo tiempo se conseguía que las viandas cocinadas en él estuvieran al gusto de todos, para el disfrute correspondiente de cada comida y a la vez en óptimas condiciones de consumo.

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