jueves, 12 de enero de 2012

EL OSCURO SEÑOR DON JUAN DE ESPINA, DE LA BARCENA DE AMPUERO

·      EL OSCURO SEÑOR DON JUAN DE ESPINA

Hace ya algunos años, una noticia en un periódico regional, hablaba de la puesta en marcha de las obras de rehabilitación de un antiquísimo edificio, tenido como emblema en la localidad cántabra de Ampuero. Se trataba de la casa-torre de los Espina, también conocido como el palacio de La Barcena, edificio que, por otra parte, había sufrido muchos acaecimientos a lo largo de su muy dilatada existencia, como un pavoroso incendio en el siglo XVIII. Sus muros habían cobijado al linaje antes citado de los Espina, establecidos en aquella comarca durante el siglo XIV y que posteriormente emparentarían con una no menos importante familia, condestables de Castilla, los Velasco.

Pero la historia de este linaje quedó para siempre ensombrecida por las oscuras aficiones de uno de sus miembros, famosísimo en su tiempo, y que fue tildado como mínimo de estrafalario y hechicero, aparte de aventajado en otras virtudes no tan siniestras. Se trató de don Juan de Espina y Velasco, tenido por sus contemporáneos como enigmático y cultísimo. Y es en este curiosísimo personaje, en el que vamos a detenernos.


Frente a la carretera que nos lleva de Ampuero a Guriezo, muy cerca de la primera población, nos encontramos un recinto palaciego en el que llama la atención una torre cuadrangular de tres pisos. Se trata del palacio de La Barcena, situado en el barrio del mismo nombre. Contiguo a la torre descrita anteriormente,  se halla un edificio habitado, todo ello dentro de un recinto cercado por alto muro de piedra, abierto solamente en una suntuosa portalada con escudo, a cuyos lados de este aparecen esculpidos dos pajes sosteniendo ambos armas de mano. Con el paso de los siglos, se le anexionaron nuevas dependencias y construcciones, como cierta capilla gótica,  muchas de ellas hoy tristemente desaparecidas. El edificio se ubica a la vera del río Vallino

En aquel torreón destacado del conjunto de la construcción, se cuenta que ocurrieron extrañas historias, misteriosas leyendas protagonizadas por los habitantes del lar, allá por el siglo XVII. Estos señores como hemos ya anunciado,  descendientes de famosos navieros en aquella época, eran poseedores de una considerable riqueza, de lo que la misma recia construcción da fe. Se trataba de la estirpe de los Espina.

Uno de ellos, Juan de Espina y Velasco y su esposa María de Mesa, habitantes del palacio en 1545, eran dueños de la nao “Nuestra Señora de la Concepción” dedicada principalmente al transporte de lana proveniente de la zona de Castilla, a Flandes. Don Juan de la Espina Velasco, homónimo descendiente de este personaje dueño de tal embarcación y nacido en Ampuero, fue el protagonista misterioso, y es el que más extraña, por su comportamiento y manías, a todos los que han investigado sobre el particular.


Nació el primero de agosto de 1563, en el seno de tal familia muy acomodada. Durante su agitada vida sería clérigo, científico, musicólogo e interprete virtuoso de instrumentos varios. Hubo incluso quien le trató de nigromante, hechicero y de amante de la ciencias ocultas. Coleccionista sin igual, sirvió durante su vida a los tres reyes contemporáneos a su existencia, Felipe II, Felipe III y Felipe IV. El 1633 fue nombrado Duque de la Plata de la Barcena, por Felipe IV. Su afición desde joven fue la música,  en donde sentía predilección por instrumentos varios, como la lira o la vihuela (instrumento musical antiguo de cuerda, parecido al laúd o a la guitarra). Esta noble inquietud alternaba con la no menos noble pasión por las armas y el arte de la lucha y la colección de bellos objetos de arte. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, y según las mismas palabras del celebérrimo Quevedo:



“Trató de las armas, y en la práctica ejecutó con mucha aprobación las verdades de la teórica”


En su palacio torre de La Barcena de Ampuero, (con su espectacular portalada de piedra maciza, como ya hemos dicho, en cuyo alto llaman la atención del visitante dos grandes maceros, portadores de porras y vestidos a la romana) y en su casona madrileña, iba recopilando y almacenando tales curiosos materiales. Como ya comentamos, tenía también fama de hechicero y nigromante por su extraña manera de ser. El mismo Francisco de Quevedo, Luís Vélez de Guevara, o Anastasio Pantaleón de Ribera, por citar algunos autores célebres de la época, se ocuparon en varios de sus escritos de tan famoso señor:



“…de muy conocida calidad y solar de aquella cuna de hidalguía de España, muy esclarecido.”


“Hizo tan delgada disquisición en las artes y ciencias, que averiguó aquel punto donde no puede arribar el seso humano, y esto en las pinturas con real demostración y en la música.”


“…en la curiosa y celebrada casa de don Juan de Espina…allí había espejos deformantes, barcos que aparecían disparando sus cañones, muebles que se movían solos, órganos hidráulicos y también manuscritos interesantísimos…”


“…el sólo cerró en sus aposentos aquellas pinturas que no han podido atesorar en Roma el poder y dominio de los népotes ni la grandeza de los potentados… fue su casa abreviatura de las maravillas de Europa, frecuentada en gran honra de nuestra nación de los extranjeros.”



Pero a pesar de no disponer de una fiel biografía de este personaje, los datos más fehacientes han sido recopilados por Emilio Cotarelo, sobre todo de las obras de Quevedo “Grandes Anales de Quince Días” y de José de Cañizares, tituladas “Don Juan de Espina en su Patria” y “Don Juan de Espina en Milán”. Como autores más recientes que se han interesado por la vida de Juan de Espina están Julio Caro Baroja y el historiador Sánchez Cantón.



Juan de Piña, un magnífico escribano de la época y amigo íntimo de Lope de Vega, en uno de sus escritos evidenció las costumbres de este misterioso señor, aún sin nombrarlo. José María Cossio, tras realizar un examen de la obra de de Piña “Casos Prodigiosos y Cueva Encantada”, así lo cree también. Así es como describe supuestamente Juan de Piña a nuestro misterio señor de Espina:

“… fingía fiesta y tempestades… Por los corredores altos pasaban figuras fantásticas de galanes con criados; de damas con dueñas y doncellas; las galas y atavíos, raros y costosos; las tempestades de agua, truenos y relámpagos, espantosos y temerarios que el suelo pusieran temor.”


Por esa afición suya de reunir objetos exquisitos a su alrededor, logró poseer una colección de instrumentos musicales notable, así como de otras piezas relacionadas con este arte. Incluso llegó a manifestar que había inventado una nueva “ciencia musical”, lograda por su gran dedicación y ensayo con los instrumentos antes citados. Como musicólogo, escribió en 1632 una obra conocida como “Memorial que don Juan de Espina envió a don Felipe IV”, y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Lisboa, en el que Espina da cuenta de su estudio sobre la música, habiéndola asimilado desde un punto de vista científico, durante los años 1619 y 1622. Como resultado de estos estudios, modificó y perfeccionó la vihuela, colocando los trastes a las distancias correctas, consiguiendo así un sonido más exacto y preciso. Según sus mismas palabras:


“La música es tan cabal ciencia como la aritmética...sabiéndose la música con perfección, se puede saber la perfección de la simetría de todas las cosas, que es ciencia importantísima en que hasta hoy los hombres no saben cosa cierta y todo es opinión...


Durante la época en la que Espina vive en Madrid, existía cierta moda en la corte, cierta excentricidad que consistía en acaparar variados objetos que su dueño tuviera por preciosos o raros. Don Juan, no ajeno a esta corriente, colecciona las más variadas cosas insólitas, que dividía en obras producidas por el ingenio humano ó artificialias, y caprichos y curiosidades nacidos en la naturaleza, ó naturalias.
De esta manera, todo tiene cabida en estos verdaderos museos particulares, desde calaveras de escaso tamaño, tenidas como las de enanos o duendes, hasta enormes huesos, atribuidos a gigantes; desde ídolos precolombinos traídos por los marineros procedentes de las Indias occidentales, hasta cristales de Venecia; desde autómatas de madera que realizaban los más asombrosos movimientos para la época, hasta estatuillas romanas. Además, podríamos encontrar relojes astronómicos, preciosas conchas marinas, muñecos articulados, espejos deformantes, esplendidas maquetas de barcos que aparecían disparando sus cañones, muebles que se movían solos, órganos hidráulicos, instrumentos musicales rarísimos, obras de arte de incalculable valor, piedras labradas caprichosamente por la madre naturaleza y objetos mágicos, si bien estas últimas propiedades estaban ocultas y pesaba sobre ellas un gran secreto, debido al temor que existía al Tribunal de la Inquisición, muy vigilante en estos casos y en aquellos tiempos. Se hablaba también de ciertas colecciones de libros asombrosos atribuidos al gran Leonardo da Vinci. Si aceptamos las narraciones y los testimonios cercanos a don Juan de la Espina, su pequeño tesoro era admirable:


“…era cosa cierta que poseía un maravilloso museo o colección de las obras de arte  o los objetos más peregrinos que pudiera imaginar el más curioso…tiene cosas singularísimas y dignas de ser vista por cualquier persona curiosa y docta…además de las pinturas…porque siempre se preció de la más excelente y singular que ha podido hallar sin reparar en la costa que le podía seguir, preciándose de recoger lo mas acendrado y extraordinario…allí vi dos libros dibujados y manuscritos por la mano del gran Leonardo da Vinci, de particular curiosidad y doctrina…en particular, tiene cosas de marfil de gran sutileza, que apenas puede la vista percibirlas y alcanzar el juicio de los hombres el modo que tuvieron en hacer cosas tan menudas…”

Uno de los objetos más famosos que se recogen de la colección de Espina, es una suerte de silla giratoria, dotada de varios artilugios, con los cuales observaba y examinaba el firmamento cómodamente. Este artilugio seguramente hizo despertar rumores sobre la afición de don Juan por la astronomía, que inmediatamente se confundía con la astrología, saltando el resquemor entre las autoridades de la Santa Inquisición. Incluso un autor contemporáneo, Luís Vélez de Guevara, en su obra “El Diablo Cojuelo”, llegó a comparar a Espina con Galileo, con todo lo que esto implicaba para los dirigentes religiosos. Pero sin duda tal silla existió, y a la muerte de don Juan de Espina fue donada a su rey Felipe IV.

Otra de aquellas peregrinas cosas que el famoso noble poseía tratábase de una balanza o peso que otro autor contemporáneo al señor, Juan de Piña, cita en su obra “Casos Prodigiosos y Cueva Encantada”. Y como ocurrió con la silla, la balanza verdaderamente existió, y había sido inventada, patentada y vendida algunos años antes por el gran inventor Jerónimo de Ayanz, precursor entre otras tantas cosas del buzo autónomo y varios artificios más de vapor. Tal balanza, narraban sus contemporáneos, era de tal precisión que:

“…era capaz de pesar la pata de una mosca…”


Al mismo tiempo, este autor,  Juan de Piña,  narraría su estancia en la residencia de don Juan, describiendo tales prodigiosos objetos y muchos más, como las camas y los muebles que se recogían por si solos mediante curiosos mecanismos, cuchillos y hachas con los cuales habían cortado las cabezas a personajes históricos, fuentes con mecanismos acuáticos, instrumentos musicales acuáticos que emitían sonidos diversos, como música o tempestades, autómatas semejantes a galanes con criados y damas con sus dueñas que desfilaban frente al espectador, como si de un carrusel se tratara…

Don Juan también era aficionado a celebrar fastuosas fiestas en su casona. En unos versos anónimos que se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid titulados “Relación de Fiestas que hizo Don Juan de Espina, Domingo en la Noche. Último día de Febrero del Año de 1627”, se describe una de aquellas suntuosas celebraciones, concretamente una cena que duró desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada, y en la que se sirvieron más de trescientos platos.  Don Juan obsequió a sus convidados con música, canto, teatro de máscaras y artificios mecánicos que reunieron a más de cincuenta ejecutantes, entre músicos y actores. Para ser más exactos en este concreto lance, se hablaba de que muchos de aquellos platos servidos en la cena salieron volando por las ventanas, los vinos eran de los mejores del país,  la sobremesa fue continuada con juegos varios, como toros de broma, juegos de cañas hechos con figurantes y con artificiosos decorados…todo un monumento al disparate y al despilfarro.

Como es lógico, esa afición a reunir cosas curiosas de mucho valor y esas extravagancias extremas, requerían de una enorme fortuna, incluso más de la que había heredado de su familia, que logró, entre otras formas, con los beneficios que consiguió y que fueron otorgados por el cardenal Fernando Niño de Guevara, que llegó a ser, dicho sea de paso,  inquisidor general, caracterizándose su mandato por una extremada dureza y una gran intransigencia.


Manuscritos recuperados de Da Vinci



Don Juan solo abría su casa a aquellos que, según su parecer, tenían la delicadeza o el raciocinio bastante como para valorar lo que poseía allí. El poeta Castillo Solórzano lo refleja así en sus versos:



“Y por más estimación
No a todos es concedido
Que su vista comprenda
La mitad de lo que he dicho.

Causa admiración a muchos
Que con término remiso
Les limites avariento
Lo que has pródigo adquirido.

Porque sin habilidad
A nadie se abren tus quicios,
Es de ellos tu rectitud
Querubín del paraíso.”



Otro poeta, Anastasio Pantaleón de la Ribera, cita esta manía también en sus versos:


“Tesoro es rico de curioso dueño
Cuanto estudió naturaleza y cuanto
Obró imitando a artífice ingenioso.”



Un pasaje anterior  citando  objetos y escritos atribuidos supuestamente al gran Leonardo, no iba a ser la única en su biografía. La historia habla de que don Juan, con idea de aprovechar los ingentes caudales fluviales que por la comarca se deslizaban, discurrió construir unos molinos harineros más eficaces que los que existían, buscando con ello la prosperidad de Ampuero y sus pueblos limítrofes.

La idea concreta era la de construir primero canales para encauzar el agua a unos molinos modernos para la época, y,  aprovechando así esta infraestructura,  moler el trigo que traían las carretas desde Castilla en aquel lugar, para luego embarcar el blanco ingrediente ya preparado, rumbo a Flandes.

De esta manera, Juan  de Espina mostró sus proyectos al ingeniero de la Casa de los Capuchín, de Laredo. Este ingeniero pudo ver como don Juan le mostraba notas y dibujos tomados a partir del códice del mismísimo Leonardo da Vinci.

El señor se sentía impaciente y entusiasmado. Quería comenzar de inmediato la construcción del primer molino frente  a su propio palacio. El proyecto se basaba en un sistema hidrodinámico, que permitía aumentar la potencia del empuje con menos cantidad de agua en las aspas, idea extraída directamente de la mente del sabio italiano. Maña se dieron los canteros de la comarca para poner en pie la idea del don Juan. El resultado fue la construcción de un magnifico molino, imitado a partir de entonces por decenas de ellos en toda la comarca y fuera de sus dominios, demostrada su valía. Pero a don Juan le preocupaba que se descubriera que tal adelanto técnico no había sido invención suya, sino que era un mero plagio de las ideas de da Vinci...


Los documentos atribuidos a Leonardo da Vinci y caídos en manos de don Juan, tiene un curioso periplo en su llegada a España. Leonardo legó la práctica totalidad de sus papeles y proyectos a su fiel discípulo hasta su lecho de muerte en 1519, Francisco Melzi. Éste, a su vez, conservó la preciosa herencia hasta su fallecimiento en el año 1570. Más tarde, un familiar suyo vende estos papeles a un escultor de la corte de Felipe II de España, llamado Pompeo Leoni, quien, de manera aparentemente absurda, desmembrana y reagrupa caprichosamente o a su parecer, las páginas de tales obras, modificando así los escritos originales de Leonardo, ya que alteró la cronología y el número inicial de los cuadernos. Leoni cedió alguno de ellos a Felipe II y vendió o regaló el resto a diversas personalidades. (En la actualidad podemos ver esta traumática división de tal obra, en el Codex Atlanticus, que actualmente se encuentra en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y la otra parte en la Colección Windsor).

Uno de los testigos más fidedignos que podemos encontrar sobre tales posesiones de don Juan, es el pintor de origen italiano Vicente Carducho, el cual visitó la residencia de Espina un 10 de abril de 1628, durante varias horas, aunque, a pesar de que no fueron pocas, no le dio tiempo a contemplar todas las cosas curiosas que el señor albergaba en su lar. El pintor habla en sus memorias de:

“Modelos originales, pinturas, dibujos, iluminaciones, estampas y todas originales y de diferentes materias de maestros artífices insignes.”



Carducho salió ensimismado de la casa de don Juan, totalmente maravillado de todo lo que había visto, preguntándose aún incluso el porqué y el cómo de algunos funcionamientos de tales máquinas que había podido contemplar. Pero una de las cosas que más llamó la atención de este maestro pintor, fue la colección de manuscritos y apuntes del famoso Leonardo da Vinci que el señor poseía. Al cabo de ciertos años, el pintor hablaba aún así a sus discípulos:

“…Allí vi dos libros dibujados y manuscritos de mano del gran Leonardo de Vinchi de particular curiosidad y doctrina, que a quererlos feriar, no los dejaría por ninguna cosa el príncipe de Gales, cuando estuvo en esta corte; más siempre los estimó dignas de estar en su poder, hasta que después de muerto los heredase el rey nuestro señor…”


Será cierto entonces que uno de los personajes que tuvieron la fortuna de poseer alguno de aquellos papeles del sabio italiano, fue nuestro Juan de Espina. Esta fabulosa posesión le convirtió en el punto de mira de muchos coleccionistas y personalidades de la época, algunos de ellos mucho más poderosos que él. Un buen día, un siete de marzo de 1623, cuando se encontraba habitando  su segunda residencia, un destartalado palacio madrileño, llego hasta allí el mismísimo Príncipe de Gales, con objeto de poder arrebatarle los escritos de da Vinci, de los cuales se había enterado que poseía un estrafalario noble castellano procedente de La Montaña de Burgos. Muchos eran los que anhelaban tan dichosos tesoros del arte, la técnica y otras ciencias, elaborados por Leonardo. El miembro de la realeza inglesa, pudo comprobar aterrado, como don Juan de Espina vivía recluido en aquel caserón, utilizando autómatas fabricados en madera, los cuales le servían. Don Juan, testarudo, no quiso venderle los documentos a tan importante personalidad. Pero este contacto había puesto tras la pista de los manuscritos a diversos buscadores de tesoros de esta índole en aquellas fechas antiguas.

Así, otros nobles y señores europeos ofrecieron cifras descomunales por tales objetos. Solo uno, sir Thomas Howard, Conde de Arundel, fue el que estuvo más cerca de llegar a un acuerdo. Pero en ese momento del pacto, llegaron noticias de que  la Inquisición había decidido investigar las extrañas posesiones y los oscuros rumores sobre  el palacio de don Juan, haciendo que este huyera con sus preciados tesoros, primero a Toledo y mas tarde a Sevilla, haciéndose aún mas desconfiado, huraño, y estrafalario… Como hemos visto, la persecución por la Inquisición le hizo peregrinar por varias ciudades de España. Esta persecución se debió a una formal acusación por hechicería contra su persona, que él, en su defensa, atribuía a las murmuraciones y a las envidias que algunos le tenían. Concretamente la denuncia versaba sobre unos papeles que se habían publicado sobre astrología, otorgándole la autoría a don Juan. Sin embargo, dada su importancia, a los cuatro años se encontraba de nuevo libre de cualquier sospecha o acusación, dedicándose de lleno a sus colecciones y oficios. Su fortuna llegó a ser tal que escribió al rey en estos términos:

“A tanto a llegado mi riqueza, que me sobra todo.”


A partir de la primera mitad de su vida, en la que, como hemos visto logró adquirir gran fama y ser dueño de un inenarrable tesoro, su peculiar personalidad comenzó a cambiar hacia otros derroteros mucho más oscuros. Don Juan de la Espina adquirió fama de nigromante, de tratados con el diablo y con las fuerzas del mal. Por esa razón, de la admiración por todos, acompañó un sentimiento de temor y recelo por la negra estela que se estaba labrando. Para que nos podamos hacer una idea de la fama que llegó a alcanzar, hubo muchos autores de la época que incluyeron a este personaje en sus obras. En los últimos años de su vida, al parecer, tuvo enturbiado el juicio, protagonizando los más extravagantes sucesos y acostumbrando las más insólitas manías, habiéndose trasladado, ya definitivamente,  a su residencia en la villa de Madrid.

El padre Sebastián Gonzáles, un clérigo de la época que conoció bien a este legendario personaje, habla así de los últimos años de su vida:


“…era humor peregrino y su casa parecía encantada…no tenía quien le sirviese…dábanle la comida por un torno. Para ver de entrar en su casa era menester gran favor y no todos lo conseguían…”



Murió don Juan de Espina en la noche del 30 al 31 de diciembre de 1642, en su casa de la calle San José, de Madrid, (calle hoy en día pequeña, cercana a la de Atocha y muy próxima a la que murió Lope de Vega), ostentado lo títulos de Duque de Plata de la Bárcena, Barón de Espina, Barón de la Bárcena y Caballero de Santiago.

Al mismo tiempo, durante los últimos años de su vida, don Juan se había hecho clérigo, con una renta de cinco mil ducados que percibía por ello, la cual gastaba según el mencionado padre Sebastián González:


“…en cosas peregrinas de pinturas, escritorios, instrumentos músicos y matemáticos, etc…; con lo que tenía su casa con las mayores y más exquisitas curiosidades que se conocían, no solo en la corte, sino en toda Europa.”



El mismo padre González nos cuenta como don Juan, al presentir pronta su muerte, se dirigió a la parroquia de San Martín, pidiendo el Viático. Después avisó al párroco para que le llevaran a casa la Extremaunción. Una vez allí, indicó al cura donde se encontraba su testamento, y a los pocos momentos murió. Al dar lectura a su dejación, el cura González comentaría lo siguiente:


“Manda que se den a Su Majestad los exquisitos instrumentos de música y los objetos con que murió ajusticiado don Rodrigo Calderón, entre ellos el cuchillo, haciendo la extraña advertencia de que lo tome por la parte que indica, porque si lo hace por otra, amenazaba fatal ruina a una gran cabeza de España.. Además da al rey una villa llamada Angélica con un valor de más de 30.000 escudos, porque tenía en ella cosas riquísimas y de grande curiosidad.

Fue peregrino este caballero en vida y en muerte: y todo ha dado ocasión para que se hable de sus acciones con toda variedad.”



Como no tuvo descendencia directa, legó los ya citados objetos y rebuscados documentos a su rey. Entre los muchos citados en el testamento, caben destacar 23 guitarras con sus cajas, 24 violines y violones así como otros instrumentos de música variados, la famosa silla giratoria dotada de telescopios y lentes para observar el firmamento y…


“Muchas cajas grandes y pequeñas y muchas curiosidades sueltas de gran primor y sabiduría…”


El resto de bienes fueron dados, bajo sus órdenes, a los pobres…

“…que piden por las calles, dando a cada uno una, esto sin saber humano, sino el primero que acertare a pasar.”



Pero partir de entonces se pierde la pista de los manuscritos atribuidos a Leonardo da Vinci en posesión de don Juan,  temiéndose, en un principio, que se hubieran destruido en un incendio acaecido en la torre de Ampuero el 16 de mayo de 1765, afectando las llamas además de a la casa-torre, a la capilla y a muchos de aquellos objetos que los que tuvieron la suerte de contemplar, los describían como extraordinarios, incluso mágicos…Pero a principios del siglo XIX, aparecen al menos los documentos atribuidos a Leonardo da Vinci, en una revisión de libros de la Biblioteca Nacional, cometiéndose, de nuevo, al archivarlos, un error de fatales consecuencias, ya que otra vez se perderían, al parecer y con el paso del tiempo, ya para siempre. Pero de nuevo en 1965 y de manera fortuita, un investigador estadounidense que se dedicaba a la recopilación del cancionero español medieval, los halló en una carpeta, para su muy grata sorpresa.

Así, en 1967 tras su examen y análisis, la Biblioteca Nacional anunciaría el hallazgo de dos códices que se tenían como perdidos. Según se pudo comprobar, Leoni, el ya nombrado escultor de la corte española, había vendido a don Juan de Espina una parte de la obra de Leonardo entre los años 1620 y 1630. Don Juan, a su muerte, legó sus bienes al rey de España, y estos manuscritos quedaron archivados en la biblioteca del Palacio Real hasta 1830, año en que pasaron a la Biblioteca Nacional, donde permanecieron extraviados durante un siglo y medio, como hemos descrito.

Quien sabe si el alma de don Juan de Espina Velasco sigue vagando en aquel viejo y misterioso palacio madrileño o en el interior de la torre de La Barcena, en la cual atesoró tantas curiosidades y singularidades, muy cerca de Ampuero…



2 comentarios:

  1. Muchas gracias por esta magnífica información. Ha conseguido que aumente mi interés por este curioso personaje no muy conocido.
    Mi impresión tras la lectura es que era un hombre inteligente y ávido de conocimiento en la línea de un personaje como Leonardo da Vinci lo cual justifica que adquiriese sys 2 manuscritos conocidos ahora como "Códices de Madrid" y que aprovechase estos conocimientos.
    Dada la ignorancia de su época, se confundió con nigromancia y oscuras artes.
    Me pregunto qué ha sido de sus pertenencias.

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  2. http://www.eldiariomontanes.es/20130808/local/castro-oriental/museo-torre-espina-arnuero-201308081656.html

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